Lo que eres en lo que haces, y recordar quien eres a cada instante.
Mensaje de infinitud, vislumbra al horizonte.
Cada cual a su sin fin.
No le des pausa a la chispa, que si haces que irradie, iluminará.
Te pasaste, y hay un paso menos.
No es tiempo de reprocharme por qué llegué hasta esta situación y no fui más sabio. Me convence la idea de que así está destinado, y es así como hemos de aprender.
¿Qué vendrá de esta travesía?, consigo hacerle frente a la realidad, y enfocarme en positivo.
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martes, 29 de noviembre de 2011
jueves, 3 de junio de 2010
Océano de Sabiduría
Panorámicamente, las aguas del océano son calmas, y las arenas no cambian. La imagen, al ojo, es un paisaje de fondo, carece del sentido vivo, aunque solo sea debido al lector que lo observa.
Desde la playa, se distingue el encuentro de fuerzas opuestas, piedras resistiendo ante el impacto de las aguas, y olas asistiendo en la batalla infinita, de rocas destinadas a granitos, y de fuerzas que borran los hallazgos del camino. El resultado de este choque está en el movimiento, no tiene imagen a fotografiarse, las sales disminuyen el poder de la inanimada presencia, y cualquiera sea el tamaño de su anhelo, termina por ahogarse y derrumbarse. El océano borra las huellas de los andantes, y oculta tesoros para los que temen salir de sus orillas.
Adentrándose en sus aguas, depende del humor del momento, las reglas son del mar, y no siempre siguen pautas definibles. La sabiduría abre su portal, y los secretos comienzan a empapar al extranjero. Si está calmo, depende del ego recibir conocimiento, está a su deber agacharse y sumergirse, o quedarse impregnado hasta los tobillos, no alcanzando a tocar la humedad del conocimiento. Están los que disfrutan del flotar, y su cambio de naturaleza dura el tiempo que el frío sea soportado por el cuerpo, salir de ella deja reseñas del saber, pero se secan pronto. A veces las olas son pequeñas para el ego engrandecido, golpean sin dejar marca, y es necesario hacerse niño, hundirse en ellas trae el juego, y el juego mientras más uno se adentra, más se siente el poder del mensaje, incluso cuando parece destinado para bajos estandartes. Se puede incluso utilizar tales fuerzas para moverse como un pez, deslizarse por las olas como parte de ellas, es el justo momentáneo, libre de pecados y maldad, aunque sea durante el juego. El pez verdadero aprendió a respirar bajo sus aguas, mantiene su cuerpo sumergido constantemente, siempre, sin perder un mililitro de gotas de la expresión sabia, pero pocos lo alcanzan con el hecho de probar, porque cualquiera que lo hiciese se ahogaría, dejando un cuerpo sin respirar. Así como la piedra pierde su esplendo a penas con el roce de la orilla, así uno, roca fuerte sin parangón, debe ir hallando lugar a la erosión, aceptándola en sus entrañas, hasta hacerse cuerpo de piedra con espíritu de agua.
El punto no es recorrer mucha distancia, puesto que las aguas son frías, y acaban por apagarnos, y tampoco es alejarse del juego mayoritario, porque existen depredadores junto a las perlas, y sin ayuda, uno puede que pierda la razón, o sea comida por el deseo ajeno.
Desde la playa, se distingue el encuentro de fuerzas opuestas, piedras resistiendo ante el impacto de las aguas, y olas asistiendo en la batalla infinita, de rocas destinadas a granitos, y de fuerzas que borran los hallazgos del camino. El resultado de este choque está en el movimiento, no tiene imagen a fotografiarse, las sales disminuyen el poder de la inanimada presencia, y cualquiera sea el tamaño de su anhelo, termina por ahogarse y derrumbarse. El océano borra las huellas de los andantes, y oculta tesoros para los que temen salir de sus orillas.
Adentrándose en sus aguas, depende del humor del momento, las reglas son del mar, y no siempre siguen pautas definibles. La sabiduría abre su portal, y los secretos comienzan a empapar al extranjero. Si está calmo, depende del ego recibir conocimiento, está a su deber agacharse y sumergirse, o quedarse impregnado hasta los tobillos, no alcanzando a tocar la humedad del conocimiento. Están los que disfrutan del flotar, y su cambio de naturaleza dura el tiempo que el frío sea soportado por el cuerpo, salir de ella deja reseñas del saber, pero se secan pronto. A veces las olas son pequeñas para el ego engrandecido, golpean sin dejar marca, y es necesario hacerse niño, hundirse en ellas trae el juego, y el juego mientras más uno se adentra, más se siente el poder del mensaje, incluso cuando parece destinado para bajos estandartes. Se puede incluso utilizar tales fuerzas para moverse como un pez, deslizarse por las olas como parte de ellas, es el justo momentáneo, libre de pecados y maldad, aunque sea durante el juego. El pez verdadero aprendió a respirar bajo sus aguas, mantiene su cuerpo sumergido constantemente, siempre, sin perder un mililitro de gotas de la expresión sabia, pero pocos lo alcanzan con el hecho de probar, porque cualquiera que lo hiciese se ahogaría, dejando un cuerpo sin respirar. Así como la piedra pierde su esplendo a penas con el roce de la orilla, así uno, roca fuerte sin parangón, debe ir hallando lugar a la erosión, aceptándola en sus entrañas, hasta hacerse cuerpo de piedra con espíritu de agua.
El punto no es recorrer mucha distancia, puesto que las aguas son frías, y acaban por apagarnos, y tampoco es alejarse del juego mayoritario, porque existen depredadores junto a las perlas, y sin ayuda, uno puede que pierda la razón, o sea comida por el deseo ajeno.
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